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Confontando a Irán: La Estrategia del Gobierno del Presidente Trump

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Departamento de Estado de los Estados Unidos
Michael R. Pompeo
Secretario de Estado
Foreign Affairs
15 de octubre de 2018

 

El final de la Guerra Fría obligó a los formuladores de políticas y analistas a reflexionar sobre los mayores desafíos para la seguridad nacional de Estados Unidos. La aparición de Al Qaeda, los ciberdelincuentes y otras entidades peligrosas afirmaron la amenaza de los actores no estatales. Pero igualmente desalentador ha sido el resurgimiento de regímenes fuera de la ley: estados deshonestos que desafían las normas internacionales, no respetan los derechos humanos y las libertades fundamentales, y actúan contra la seguridad del pueblo estadounidense, aliados y colaboradores de Estados Unidos, y el resto del mundo.

Los principales regímenes fuera de la ley son Corea del Norte e Irán. Sus transgresiones contra la paz internacional son muchas, pero ambas naciones son muy conocidas por haber pasado décadas persiguiendo programas de armas nucleares en violación de las prohibiciones internacionales. A pesar de los mejores esfuerzos de Washington en materia de diplomacia, Pyongyang engañó a los formuladores de políticas estadounidenses con una serie de acuerdos de control de armas incumplidos, que se remontan al gobierno de George H. W. Bush. Los programas de armas nucleares y misiles balísticos de Corea del Norte continuaron a buen ritmo, hasta el punto de que después de que se eligiera a Donald Trump, el Presidente Barack Obama le dijo que este sería su mayor desafío de seguridad nacional. Igualmente, con Irán, el acuerdo alcanzado por el gobierno del Presidente Obama en 2015, el Plan de Acción Integral Conjunto o PAIC, no consiguió poner fin a las ambiciones nucleares del país. De hecho, como Irán sabía que el gobierno del Presidente Obama daría prioridad a mantener el acuerdo sobre todo lo demás, el PAIC creó una sensación de impunidad por parte del régimen, permitiéndole aumentar su apoyo a la actividad maliciosa. El acuerdo también le ha dado a Teherán montones de dinero, que el líder supremo ha utilizado para patrocinar todo tipo de terrorismo en todo el Medio Oriente (con pocas consecuencias en respuesta) y que ha impulsado la suerte económica de un régimen que sigue empeñado en exportar su revolución al extranjero e imponerla dentro del país.

Que las amenazas de Corea del Norte e Irán crecieran en la era posterior a la guerra en Irak ha complicado aún más la cuestión de cómo contrarrestarlas mejor; los estadounidenses son, con razón, escépticos de los costos de un compromiso militar prolongado en nombre de la protección contra las armas de destrucción masiva. Con las dificultades eb Irak aún frescas en la mente, y con los acuerdos previos para frenar las amenazas de Corea del Norte e Irán que se han demostrado impotentes, impedir que estos regímenes recalcitrantes hagan daño exige nuevos paradigmas diplomáticos.

Entra el Presidente Trump. Por toda la inquietud de la clase política de Washington sobre su estilo de relacionamiento internacional, su diplomacia está anclada en un enfoque deliberado que le da a Estados Unidos una ventaja al enfrentar regímenes fuera de la ley.

LA DOCTRINA TRUMP

Tanto en la campaña como en el cargo, el Presidente Trump ha sido claro acerca de la necesidad de un liderazgo estadounidense audaz para poner en primer lugar los intereses de seguridad de Estados Unidos. Este principio de sentido común invierte la postura preferida del gobierno del Presidente Obama de “liderar desde atrás”, una estrategia acomodacionista que incorrectamente significaba una disminución del poder y de la influencia estadounidenses. Liderar desde atrás hizo que Corea del Norte sea hoy una amenaza mayor que nunca. Liderar desde atrás, en el mejor de los casos, solo retrasó la pretensión de Irán de convertirse en una potencia nuclear, mientras que permitió que crecieran la influencia maliciosa y la amenaza terrorista de la República Islámica.

Hoy, Corea del Norte e Irán han sido avisados de que Estados Unidos no permitirá que sus actividades desestabilizadoras queden sin control. La agresiva campaña de presión multinacional que Estados Unidos ha liderado contra Corea del Norte, combinada con las declaraciones claras e inequívocas del Presidente de que Estados Unidos defenderá sus intereses vitales con la fuerza si fuera necesario, creó las condiciones para las conversaciones que culminaron en la cumbre del Presidente Trump con el líder Kim Jong Un en Singapur el pasado junio. Fue allí donde el líder Kim se comprometió con la desnuclearización final y totalmente verificada de Corea del Norte. Corea del Norte ha hecho compromisos similares en el pasado, pero a diferencia de estos, esta fue la primera vez que hubo un compromiso personal de líder a líder sobre la desnuclearización. Eso puede o no indicar un cambio estratégico importante por parte del líder Kim, y tenemos mucho trabajo por hacer para evaluar sus intenciones y asegurarnos de que se implemente su compromiso. Pero el enfoque del Presidente Trump ha creado una oportunidad para resolver pacíficamente un problema de seguridad nacional vital que ha desconcertado durante mucho tiempo a los formuladores de políticas. El Presidente, nuestro representante especial para Corea del Norte (Stephen Biegun) y yo continuaremos trabajando con los ojos muy abiertos para aprovechar esta oportunidad.

Con Irán, de manera similar, el gobierno del Presidente Trump está llevando a cabo una campaña de “máxima presión” diseñada para cortar los ingresos que utiliza el régimen -y en particular el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), parte del ejército de Irán que está directamente comprometido con el líder supremo- para financiar la violencia a través de Hezbolá en el Líbano, Hamas en los territorios palestinos, el régimen de Assad en Siria, los rebeldes hutíes en Yemen, las milicias chiítas en Irak y sus propios agentes que conspiran de forma encubierta en todo el mundo.

Sin embargo, el Presidente Trump no quiere otro compromiso militar estadounidense a largo plazo en el Medio Oriente, ni en cualquier otra región, para el caso. Ha hablado abiertamente sobre las terribles consecuencias de la invasión de Irak de 2003 y la intervención de 2011 en Libia. Los expertos pueden despertar el temor ante la idea de que este gobierno lleve a Estados Unidos a una guerra, pero está claro que los estadounidenses tienen un Presidente que, aunque no tiene miedo de usar el poder militar (solo pregúntese al Estado Islámico, a los talibanes o al régimen de Assad), tampoco está ansioso por usarlo. Una fuerza militar abrumadora siempre será un respaldo para proteger al pueblo estadounidense, pero no debería ser la primera opción.

Otro aspecto importante de la diplomacia del Presidente es su disposición a hablar con los adversarios más acérrimos de Estados Unidos. Como señaló en julio: “la diplomacia y el compromiso son preferibles al conflicto y la hostilidad”. Considérese su acercamiento a Corea del Norte: su diplomacia con el líder Kim disipó las tensiones que aumentaban día a día.

Complementando el deseo del Presidente de comprometerse, está su aversión instintiva a los malos acuerdos. Su percepción de la importancia de la ventaja en cualquier negociación elimina el potencial de acuerdos profundamente contraproducentes como el PAIC. Está dispuesto a forjar acuerdos con los rivales de Estados Unidos, pero también se siente cómodo alejándose de las negociaciones si no terminan promoviendo los intereses de Estados Unidos. Esto está en marcado contraste con el enfoque del gobierno del Presidente Obama con respecto al PAIC, en el cual el acuerdo en sí mismo se convirtió en un objetivo a obtener a toda costa.

Al considerar un futuro acuerdo con Corea del Norte que sea superior al PAIC, hemos descrito nuestro objetivo como “la desnuclearización definitiva y totalmente verificada de la Península de Corea, según lo acordado por el líder Kim Jong Un”. “Definitiva” significa que no habrá posibilidad de que Corea del Norte vuelva a reiniciar sus programas de armas de destrucción masiva y misiles balísticos, algo que el PAIC no dispuso con Irán. “Totalmente verificada” significa que habrá estándares de verificación más estrictos que los requeridos por el PAIC, que, entre otros puntos débiles, no requería inspecciones en las instalaciones militares clave de Irán. Aún no se han negociado los detalles exactos de un acuerdo con Corea del Norte, pero “definitiva” y “totalmente verificada” son elementos centrales que no comprometeremos.

LA AMENAZA IRANÍ

El compromiso del Presidente Trump con la seguridad del pueblo estadounidense, combinado con su aversión al uso innecesario de la fuerza militar y su voluntad de hablar con los adversarios, ha proporcionado un nuevo marco para enfrentar a los regímenes fuera de la ley. Y hoy, ningún régimen tiene un carácter más fuera de la ley que el de Irán. Ese ha sido el caso desde 1979, cuando un grupo relativamente pequeño de revolucionarios islámicos tomó el poder. La mentalidad revolucionaria del régimen ha motivado sus acciones desde entonces, de hecho, poco después de su fundación, el CGRI creó la Fuerza Quds, su unidad de fuerzas especiales de élite, y le encargó la exportación de la revolución al extranjero. Desde entonces, los funcionarios del régimen han subordinado todas las demás responsabilidades nacionales e internacionales, incluidas sus obligaciones con el pueblo iraní, a cumplir la revolución.

Como resultado, durante las últimas cuatro décadas, el régimen ha sembrado mucha destrucción e inestabilidad, un mal comportamiento que no terminó con el PAIC. El acuerdo no impidió permanentemente la búsqueda de un arma nuclear por parte de Irán; de hecho, la declaración en abril del máximo funcionario nuclear de Irán de que el país podría reiniciar su programa nuclear en días sugiere que tal vez no lo haya retrasado en absoluto. El acuerdo tampoco restringió la actividad violenta y desestabilizadora de Irán en Afganistán, Irak, Líbano, Siria, Yemen y Gaza. Irán aún suministra a los hutíes misiles que son disparados contra Arabia Saudita, apoya los ataques de Hamas en Israel y recluta a los impresionables jóvenes afganos, iraquíes y paquistaníes para que luchen y mueran en Siria. Gracias a los subsidios iraníes, el combatiente libanés promedio de Hezbolá gana dos o tres veces al mes lo que un bombero de Teherán lleva a su casa.

En mayo de 2018, el Presidente Trump se retiró del acuerdo nuclear porque claramente no protegía los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos ni de nuestros aliados y colaboradores, ni hacía que Irán se comportara como un país normal. En julio, un diplomático iraní radicado en Viena fue arrestado por suministrar explosivos a terroristas que intentaban bombardear un mitin político en Francia. Es revelador que, si bien los líderes de Irán intentan convencer a Europa para que permanezca en el acuerdo nuclear, están planeando en secreto ataques terroristas en el corazón del continente. En conjunto, las acciones de Irán han hecho del país un paria, para desesperanza de su propio pueblo.

LA CAMPAÑA DE PRESIÓN

En lugar del acuerdo nuclear con Irán, el Presidente Trump ha iniciado una campaña de presión múltiple. Su primer componente son las sanciones económicas. El Presidente reconoce el poder de las sanciones para exprimir el régimen mientras incurre en un bajo costo de oportunidad para Estados Unidos. En el gobierno del Presidente Trump, Estados Unidos ha impuesto 17 rondas de sanciones relacionadas con Irán, dirigidas a 147 personas y entidades relacionadas con Irán.

El objetivo de estas enérgicas sanciones es obligar al régimen iraní a tomar una decisión: ya sea, cesar o persistir en las políticas que activaron las medidas en primer lugar. La decisión de Irán de continuar su actividad destructiva ya ha tenido graves consecuencias económicas, que se han visto exacerbadas por la mala administración de los funcionarios en la búsqueda de sus propios intereses. La amplia intervención en la economía por parte del CRIG, bajo el pretexto de la privatización, supone que hacer negocios en Irán sea una propuesta perdedora, y los inversores extranjeros nunca saben si están facilitando el comercio o el terrorismo. En lugar de utilizar la riqueza que ha generado el PAIC para aumentar el bienestar material del pueblo iraní, el régimen lo ha consumido parasitariamente y ha desembolsado miles de millones en subsidios para dictadores, terroristas y milicias rebeldes. Los iraníes se sienten comprensiblemente frustrados. El valor del rial se ha derrumbado en el último año. Un tercio de los jóvenes iraníes están desempleados. Los salarios impagos están llevando a huelgas desenfrenadas. La escasez de combustible y agua es común.

Este malestar es un problema creado por el propio régimen. La élite de Irán se parece a una mafia en su extorsión y corrupción. Hace dos años, los iraníes estallaron en ira legítimamente cuando los recibos de pago filtrados mostraron enormes cantidades de dinero que fluían inexplicablemente a las cuentas bancarias de altos funcionarios del gobierno. Durante años, los clérigos y los funcionarios se han envuelto en el manto de la religión mientras roban al pueblo iraní ciego. Hoy, los manifestantes le gritan al régimen: “Nos han saqueado en nombre de la religión”. Según el periódico radicado en Londres Kayhan, el ayatolá Sadeq Larijani, el jefe del poder judicial de Irán, a quien Estados Unidos sancionó este año por abusos contra los derechos humanos, tiene una riqueza de al menos US$ 300 millones, gracias al malversación de fondos públicos. Nasser Makarem Shirazi, un gran ayatolá, también tiene una riqueza de muchos millones de dólares. Llegó a ser conocido como “el Sultán del Azúcar” por haber presionado al gobierno iraní para que redujera los subsidios a los productores nacionales de azúcar mientras inundaba el mercado con su propio azúcar importada, más cara. Este tipo de actividad deja a los iraníes ordinarios sin trabajo. El ayatolá Mohammad Emami Kashani, uno de los líderes de las oraciones del viernes en Teherán durante los últimos 30 años, hizo que el gobierno transfiriera varias minas lucrativas a su fundación personal. Él, también, cuenta ahora con una riqueza de millones. La corrupción llega hasta la cima. El líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Khamenei, tiene su propio fondo de cobertura personal, conocido como Setad, que tiene un valor de US$ 95,000 millones. Esa riqueza no gravada y mal obtenida, a menudo obtenida mediante la expropiación de los bienes de las minorías políticas y religiosas, se utiliza como un fondo para el CGRI. En otras palabras, el hombre santo líder de Irán capitanea el tipo de saqueo característico de los hombres fuertes del Tercer Mundo.

La codicia del régimen ha creado un abismo entre el pueblo de Irán y sus líderes, lo que dificulta que los funcionarios persuadan de manera creíble a los jóvenes iraníes de ser la vanguardia de la próxima generación de la revolución. Los ayatolás teocráticos pueden predicar “Muerte a Israel” y “Muerte a Estados Unidos” día y noche, pero no pueden enmascarar su grado de hipocresía. Mohammad Javad Zarif, ministro de Relaciones Exteriores de Irán, tiene títulos de la San Francisco State University y la University of Denver, y Ali Akbar Velayati, el principal asesor del líder supremo, estudió en la Johns Hopkins University. El mismo Khamenei es conducido en un BMW, incluso cuando pide al pueblo iraní que compre productos hechos en Irán. Este fenómeno es similar a lo que ocurrió en la Unión Soviética en los años 70 y 80, cuando el espíritu de 1917 comenzó a sonar vacío debido a la hipocresía de sus defensores. El Politburó ya no podía decirle a los ciudadanos soviéticos, mirándolos a la cara, que abrazaran el comunismo cuando los propios funcionarios soviéticos estaban secretamente contrabandeando con blue jeans y discos de los Beatles.

Se debe hacer sentir que los líderes de Irán -especialmente a los que están en la cima del CGRI, como Qasem Soleimani, el jefe de la Fuerza Quds- que sientan las dolorosas consecuencias de su violencia y corrupción. Dado que el régimen está controlado por un deseo de auto-enriquecimiento y una ideología revolucionaria de la que no se apartará fácilmente, las sanciones deben ser severas si quieren cambiar los hábitos arraigados. Es por eso que el gobierno del Presidente Trump está volviendo a imponer las sanciones de Estados Unidos que se levantaron o eliminaron como parte del acuerdo nuclear; la primera de estas entró en vigencia el 7 de agosto, y el resto se volverá a imponer el 5 de noviembre. Tenemos la intención de conseguir que las importaciones mundiales de petróleo crudo iraní se reduzcan lo más posible cercano a cero para el 4 de noviembre. Como parte de nuestra campaña para aplastar el financiamiento terrorista del régimen iraní, también hemos trabajado con los Emiratos Árabes Unidos para desbaratar una red de cambio de moneda que estaba transfiriendo millones de dólares a la Fuerza Quds. Estados Unidos le está pidiendo a cada nación que esté harta y cansada del comportamiento destructivo de la República Islámica que apoye al pueblo iraní y se una a nuestra campaña de presión. Nuestros esfuerzos serán dirigidos hábilmente por nuestro nuevo representante especial para Irán, Brian Hook.

La presión económica es una parte de la campaña de Estados Unidos. La disuasión es otra. El Presidente Trump cree en medidas claras para desalentar a Irán de reiniciar su programa nuclear o de continuar con sus otras actividades maliciosas. Con Irán y otros países, ha dejado claro que no tolerará los intentos de acosar a Estados Unidos; devolverá el golpe duramente si la seguridad de Estados Unidos se ve amenazada. El líder Kim ha sentido esta presión, y no habría venido nunca a la mesa en Singapur sin ella. Las propias comunicaciones públicas del Presidente funcionan como un mecanismo de disuasión. El tweet en mayúsculas que dirigió al Presidente iraní Hassan Rouhani en julio, en el que instruyó a Irán para que dejara de amenazar a Estados Unidos, se basó en un cálculo estratégico: el régimen iraní entiende y teme al poder militar de Estados Unidos. En septiembre, las milicias en Irak lanzaron ataques con cohetes que amenazaban la vida contra el complejo de la embajada de Estados Unidos en Bagdad y el consulado de Estados Unidos en Basora. Irán no detuvo estos ataques, que fueron llevados a cabo por representantes que Irán ha apoyado con financiamiento, entrenamiento y armas. Estados Unidos responsabilizará al régimen de Teherán por cualquier ataque que resulte en lesiones a nuestro personal o daños a nuestras instalaciones. Estados Unidos responderá rápida y decisivamente en defensa de las vidas estadounidenses.

No buscamos la guerra. Pero debemos dejar muy claro que la escalada es una propuesta perdedora para Irán; la República Islámica no puede igualar la destreza militar de Estados Unidos, y no tememos que los líderes de Irán lo sepan.

IRÁN EXPUESTO

Otro componente crítico de la campaña de presión de Estados Unidos contra Irán es el compromiso de exponer la brutalidad del régimen. Los regímenes autoritarios fuera de la ley no temen nada más que se descubran sus verdaderas intenciones. Elgobierno del Presidente Trump continuará revelando los flujos ilícitos de ingresos, las actividades maliciosas, las autocontrataciones fraudulentas y la opresión salvaje del régimen. El propio pueblo iraní merece conocer el grotesco nivel de interés propio que alimenta las acciones del régimen. Khamenei y los de su clase no podrían tolerar la indignación nacional e internacional que se produciría si todo lo que estaban haciendo saliera a la luz. A comienzos del año pasado, los manifestantes salieron a la calle diciendo: “¡Deja a Siria, piensa en nosotros!” y “¡La gente es pobre mientras los mullahs viven como dioses!”. Los Estados Unidos apoya al pueblo iraní.

El Presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, entendió el poder de la exposición cuando presentó a la Unión Soviética como “un imperio malvado”. Al poner de relieve los abusos del régimen, estaba prometiendo solidaridad con un pueblo que durante mucho tiempo había sufrido bajo el comunismo. Del mismo modo, por el bien del pueblo iraní, el gobierno del Presidente Trump no ha temido exponer la despiadada represión interna del régimen. El régimen está tan aferrado a ciertos principios ideológicos -incluida la exportación de la Revolución Islámica a través de la guerra con subsidiarios y la subversión de los países de mayoría musulmana, la implacable oposición a Israel y Estados Unidos, y los estrictos controles sociales que restringen los derechos de las mujeres- que no puede soportar ninguna idea en competencia. Por lo tanto, durante décadas ha negado a su propio pueblo los derechos humanos, la dignidad y las libertades fundamentales. Por eso, en mayo, por ejemplo, la policía iraní arrestó a Maedeh Hojabri, una gimnasta adolescente, por publicar un video de Instagram de sí misma bailando.

Las opiniones del régimen sobre las mujeres son particularmente retrógradas. Desde la revolución, se ha requerido a las mujeres que usen el hijab y, como parte de la ley, la policía de moralidad del gobierno golpea a las mujeres en las calles y arresta a quienes se niegan a cumplir. Las recientes protestas contra esta política sobre vestimenta femenina muestran que ha fracasado, y seguramente Khamenei debe saberlo. Sin embargo, en julio, una activista fue condenada a 20 años de prisión por quitarse el hijab.

El régimen también arresta con regularidad a las minorías religiosas o étnicas, incluidos los bahais, los cristianos y los derviches de Gonabadi, cuando se pronuncian en defensa de sus derechos. Un número incalculable de iraníes son torturados y mueren en la prisión de Evin, un lugar no más amable que el sótano de Lubianka, el temido cuartel general de la kgb. Los encarcelados incluyen a varios estadounidenses inocentes detenidos por cargos espurios, víctimas del uso de rehenes por parte del régimen como instrumento de la política exterior.

Comenzando el diciembre pasado, los manifestantes tomaron las calles de Teherán, Karaj, Isfahan, Arak y muchas otras ciudades para pedir pacíficamente una vida mejor. En respuesta, el régimen dio la bienvenida al nuevo año en enero arrestando arbitrariamente hasta 5 mil de ellos. Según consta, cientos de personas permanecen tras las rejas y más de una docena han muerto a manos de su propio gobierno. Los líderes cínicamente llaman suicidio a estas muertes.

De acuerdo con el carácter de Estados Unidos, exponemos estos abusos. Como comentó el Presidente Reagan en un discurso en la Universidad Estatal de Moscú en 1988: “la libertad es el reconocimiento de que ninguna persona, ninguna autoridad ni ningún gobierno tiene un monopolio sobre la verdad, sino que cada vida individual es infinitamente preciosa, cada uno de nosotros hemos venido a este mundo por una razón y cada uno de nosotros tiene algo que ofrecer”. En mayo, el gobierno del Presidente Trump enumeró 12 áreas en las que Irán debe avanzar para que se produzca algún cambio en nuestra relación, incluida la detención total de su enriquecimiento de uranio, proporcionar una descripción completa de las dimensiones militares anteriores de su programa nuclear, poner fin a su proliferación de misiles balísticos y lanzamientos provocativos de misiles, liberar a ciudadanos estadounidenses encarcelados, poner fin a su apoyo al terrorismo, y mucho más.

El Presidente Trump ha dejado claro que la presión solo aumentará si Irán no cumple con los estándares que Estados Unidos, sus socios y aliados, y el propio pueblo iraní, quieren ver. Es por eso que Washington también está exigiendo que Teherán realice mejoras sustanciales en los derechos humanos. Como el Presidente siempre ha dicho, sigue abierto a las conversaciones. Pero como en el caso de Corea del Norte, Estados Unidos continuará su campaña de presión hasta que Irán demuestre cambios tangibles y sostenidos en sus políticas. Si Irán hace esos cambios, la posibilidad de un nuevo acuerdo global aumentará enormemente. Creemos que es posible un acuerdo con el régimen. A falta de uno, Irán enfrentará costos crecientes por toda su actividad violenta e imprudente en todo el mundo.

El Presidente Trump prefiere no conducir esta campaña solo; quiere a los aliados y socios de Estados Unidos a bordo. De hecho, otros países ya comparten un entendimiento común de la amenaza que Irán representa más allá de sus aspiraciones nucleares. El Presidente francés, Emmanuel Macron, comentó: “Es importante mantenerse firme con Irán sobre sus actividades regionales y su programa balístico”; la Primera Ministra británica, Theresa May, señaló que está “atenta a la amenaza que Irán representa para el Golfo y para el Medio Oriente en general”. Este acuerdo generalizado sobre la amenaza iraní no deja espacio para que los países permanezcan ambivalentes sobre si unirse al esfuerzo global para cambiar el comportamiento de Irán, un esfuerzo que es grande y se está haciendo más grande.

EL PODER DE LA CLARIDAD MORAL

El Presidente Trump heredó un mundo de alguna manera tan peligroso como el que enfrentó Estados Unidos en vísperas de la Primera Guerra Mundial, el que había antes de la Segunda Guerra Mundial, o durante la Guerra Fría. Pero su audacia disruptiva, primero en Corea del Norte y ahora en Irán, ha demostrado cuánto se puede avanzar al unir la claridad de la convicción con un énfasis en la no proliferación nuclear y alianzas sólidas. Las acciones del Presidente Trump para confrontar a los regímenes fuera de la ley surgen de la creencia de que la confrontación moral conduce a la conciliación diplomática.

Este fue el modelo para uno de los grandes triunfos de la política exterior del siglo pasado: la victoria estadounidense en la Guerra Fría. En la primera semana de su presidencia, el Presidente Reagan describió a los líderes soviéticos diciendo: “La única moralidad que reconocen es lo que promoverá su causa, lo que significa que se reservan el derecho de cometer cualquier delito, mentir, engañar”. Los analistas de política exterior ridiculizaron sus comentarios, creyendo que su franqueza obstaculizaría el progreso hacia la paz. Pero el Presidente también había enfatizado el compromiso de negociar con los soviéticos, un hecho que fue ampliamente ignorado. La combinación de claridad moral y agudeza diplomática del Presidente Reagan sentó las bases para las conversaciones de 1986 en Reykjavik y, más tarde, la caída del comunismo soviético.

Quienes aún se inclinan ante la misma convicción totémica de que la franqueza impide las negociaciones deben reconocer el efecto que han tenido y están teniendo la presión práctica y la retórica dirigida en regímenes fuera de la ley. Al ritmo en que declina la economía iraní y se intensifican las protestas, debería estar claro para el liderazgo iraní que las negociaciones son la mejor manera de avanzar.


Esta traducción se proporciona como una cortesía y únicamente debe considerarse fidedigna la fuente original en inglés.
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